sábado, 22 de octubre de 2011

Dos postales para nuestros sentidos (Por Bustamante Rodrigo, Di Iorio Melina, Sosa Mariel, Sus Ana Belén, Troncoso Alina)

Los sentidos nos ayudan a percibir, y cada individuo desarrolla más agudamente alguno de ellos: Algunos ven mejor, otros usan anteojos o lentes de contacto y, sin embargo, escuchan hasta el sonido de un alfiler cayendo al piso. Sin sentidos no seríamos lo que somos. Qué vacío sentiríamos si no pudiéramos oír a las personas o las abrumadoras bocinas de la ciudad. ¿Disfrutaríamos del silencio sin estos contrastes? Si no pudiéramos ver los colores; ¿Cómo los imaginaríamos? O qué haríamos sin poder percibir el aroma de la cena y degustarla luego. Y qué frío sentiríamos al no poder recibir una caricia de la persona que amamos.

Gracias a los sentidos, vivimos, queremos, aprendemos, nos asustamos y nos sorprendemos. Hasta el lugar más inhóspito tiene sus particularidades percibidas sensorialmente y estas cinco maravillas nos hacen descubrirlas.

Recorrimos dos “mundos” para poder mostrar a través de nuestros sentidos, sus características. En cada visita que dimos nuestro cuerpo se inundó de sensaciones nuevas e intentamos plasmarlas en este papel, por lo que a lo largo de estas líneas intentaremos describir y lograr definir las postales de dos lugares aparentemente diferentes.

Vista

Al llegar a Marcelo T. de Alvear, 2230, un grupo numeroso de jóvenes encabeza una especie de juntada y expresa diversos anuncios políticos que intentan acaparar mi atención. Sin dudas, este edificio politizado, es una de las sedes de la Facultad de Ciencias Sociales.

La calma quedó unos metros atrás.: un militante con un megáfono y un televisor que transmite propaganda política, impiden abrirme camino. En todo momento salen y llegan estudiantes que, al igual que yo, intentan sacar ventaja para no chocar de frente con otra persona e ingresar a la facultad.

El camino al aula es un tanto accidentado. Entre manos que se extienden con interés para que acepte un volante, militantes que se acercan y mesas que sortear, la llegada a la clase parece una carrera de obstáculos.

Examino el aula y me doy cuenta que, para un práctico de setenta personas, no hay suficientes bancos para todos. Sin vacilar, busco un asiento en otra aula y, mientras me traslado, cruzo a la profesora que está sacando su escritorio con el fin de lograr mayor espacio. Otros alumnos hacen lo mismo que yo cual participantes de una mudanza.

El ingreso al nuevo edificio de la Facultad de Ciencias Económicas no tiene nada de peculiar. Las personas que me reciben en la puerta, usan una campera que dice “control interno”. Percibo que la veda electoral se cumple y que no hay agrupaciones que se acerquen de forma arrebatada ofreciendo volantes con sus propuestas.

No tengo necesidad de huir. Camino libremente y con calma, contemplando las paredes libres de afiches. No hay dudas que el cartel que dice que es “la mejor facultad de Buenos Aires” hace honor al edificio.

En los pasillos, encuentro estudiantes que hablan por teléfono celular, algunos que toman café y otros que quizás esperan algún amigo. El alumnado de Económicas, aparentemente más pudiente, difiere considerablemente del de Sociales.

En el edificio de Sociales, las carteleras han perdido su utilidad pues ya no sostienen novedades de la carrera o promociones en turismo: se han convertido en el lugar de propaganda de los partidos políticos a través de sus afiches.

Dentro de una de sus aulas, la clase de “Historia del Movimiento Obrero Nacional e Internacional” es interrumpida por miembros de comedores y asociaciones que piden una colaboración y, como es de esperar, también por los partidos políticos de la militancia universitaria. Veo que hay personas que disfrutan la militancia con excesivo fervor.

En el patio de Económicas, cuando el día oscurece, hay tranquilidad. El buffet me propone un té con un cuadrado de pasta frola, aunque una mirada hacia la heladera con yogur me insinúe que es momento de elegir algo más saludable.

En Sociales no puedo darme el mismo lujo.; en realidad, admito que no quiero. El comedor de tamaño reducido, su continuidad en un patio techado con una canilla que pierde, bolsas de basura tiradas y algunos restos dispersos y un señor que duerme en un colchón, me quitan el deseo de merendar.

Las postales observadas son totalmente diferentes, alboroto y armonía es la oposición que entre estas facultades percibo.

Oído

Ruidos: en la Facultad de Ciencias Sociales el murmullo abruma. ¿Te dejo un volante?, escucho a cada paso; es época de elecciones. El que imagine una sede como Marcelo T. sin el bullicio de los militantes de partidos políticos, a esta altura, ignora su realidad. El oído acompaña perfectamente a la visión; pues los afiches que publicitan las elecciones sobreabundan y no hay ángulo de la visión que pueda escapar de ellos. Los sonidos no solo provienen de las laringes que anuncian, sino también de las manos que ofrecen volantes y de mis pies, cada vez que piso un afiche pegado en el piso.

En los pasillos la gente conversa; escucho vida, pasión, revolución. Aulas repletas de gente donde se escuchan voces; aulas vacías que invitan a entrar y percibir el silencio de aquellas cuatro paredes escritas con aerosol. El silencio de la decadencia en la que se encuentra el edificio se interrumpe con las bocinas de los autos y colectivos que pasan por la calle.

En el pasillo, se oye el ascensor antiguo, traccionado por las cadenas que se mueven en el pozo oscuro. Al descender por las escaleras, se escucha una máquina; es la infaltable fotocopiadora. ¡Si sabremos de aquel lugar! Horas sacando apuntes, y al final, recibimos un trabajo que está mal hecho. El ruido mecánico de la fotocopiadora se mezcla con una cumbia que suena de fondo, y, si agudizamos el oído, podríamos percibir los sorbidos de un mate.

El buffet, creado por los propios alumnos, tiene música de fondo, pero un ruido ensordecedor me obliga a preguntar qué es: el motor de la heladera.

A unas pocas cuadras nos encontramos en la sede de Económicas, literalmente, “otro mundo”; la falta de ruido calma, pero al rato me aburro.

Los personajes que mantienen conversaciones son diferentes: charlan menos y sobre temas distintos. Sólo una joven se acercó a ofrecerme un volante que informaba dónde se votaba. Nada de activistas de partidos políticos que abruman los oídos queriéndonos convencer de que los elijamos. Subo al ascensor, más silencioso, más nuevo, más eficaz, pues a medida que se desplaza me indica en qué piso nos encontramos.

En el patio, sólo veo gente que lee, hay silencio. Advierto seriedad, clima de trabajo y responsabilidad. Un poco aburrido, si lo comparo con la otra sede que - aunque sea bastante decadente ediliciamente- transmite vida, y en consecuencia, genera mejor clima.

El comedor, es muy agradable, tiene televisores y ese es el sonido que escucho. No hay motores de heladeras, ni gente charlando alegremente.

Una dicotomía es lo que surge al pensarlas en paralelo, las sinfonías logradas son totalmente diferentes, en síntesis; el bullicio y el silencio.

Olfato

Subo unos peldaños e ingreso a la sede de Sociales; una vez dentro, todavía se puede percibir una suave brisa que se filtra en la sala, proveniente del exterior, impulsada por el persistente movimiento de la ciudad. De a poco, la brisa se torna cada vez más cálida, hasta que, por fin, se adapta a la temperatura del recinto.

Los distintos olores se manifiestan en una relación recíproca, creando un ambiente especial. El invierno no terminó y se extraña la sensación de respirar aire fresco. Pero no importa, en la sala se huele otro tipo de sustancia. Cada persona que pasa a mí alrededor se distingue de las demás; cada uno despide su particular olor, sea por el tipo de ropa que usa, el largo de la cabellera o la barba tupida.

Por otro lado, abundan también otro tipo de olores, que tienen que ver con ideas abstractas. En plena época de elecciones, se alcanzan a percibir distintos matices de pensamientos, concepciones y aspiraciones por las cuales cada uno lucha día a día, con un anhelo de justicia y libertad; como siempre, algunas huelen bien y otras no tanto. Sin embargo, están presentes en cada rincón del edificio, desde las paredes y ventanas de las aulas hasta el piso mismo.

Siguiendo con el recorrido, a lo largo de un pasillo estrecho se percibe olor a humo. No es para nada apetecible, hasta que llega a ser una molestia, como cuando uno está en un fogón y el humo nos da de lleno en la cara. Es un olor extraño, ajeno al cigarrillo, y que parece impregnar ese rincón desde antiguo.

Pero el humo del cigarrillo no se hizo esperar y llega acompañado, como es costumbre, del amargo aroma del mate que unos estudiantes degustan mientras charlan amistosamente.

El comedor constituye una difícil prueba a la hora de adivinar qué comida se está sirviendo. Por el aire caliente que se cuela por el pasillo, adivino que están preparando pastas, alguna especie de fideos pegoteados, o algún tipo de guiso.

Por último, al llegar a la fotocopiadora, me llama la atención el olor a papel que, lejos de pasar desapercibido, se hace notar sobre todo, como aroma a papel viejo, como el de los libros más antiguos de las bibliotecas.

Al ingresar a la Facultad de Ciencias Económicas me doy cuenta que el recinto presenta más fragancias que olores. En su interior, huelo el aserrín que hace brillar los pisos. Lejos de parecer una Facultad de la Universidad de Buenos Aires, se asemeja más a una facultad privada, incluso una empresa. Si bien hace calor, percibo un aire digno de ser respirado.

La tranquilidad impera en el ambiente, que huele a limpio. Pero, ¿cómo es el olor a limpio? Aquí se define como la falta de olores que rompan con la monotonía del lugar, como el de la comida, el cigarrillo, el mate o cualquier otra sustancia. Incluso en los baños, lejos de percibirse algún tipo de hedor, se huele el jabón líquido para lavarse las manos.

El buffet se encuentra apartado y aquí sí, reinan los olores de las comidas que se están preparando. Sin embargo, es un aroma más suave y tenue que el de la otra facultad. No se expresa de manera fuerte, de modo que no llego a precisar qué hay de comida: es más fácil mirar la pizarra y elegir lo que uno tenga ganas.

En definitiva, a pesar de la cercanía física que hay entre las dos facultades, cada espacio se contrapone y hace notar sus diferencias, y así me permiten identificar distintos matices: los olores y las fragancias.

Gusto

Muchos sabores y gustos perciben mis papilas gustativas, pero sólo uno prevalece cuando ingreso al comedor de la Facultad de Ciencias Sociales: mi boca siente el sabor del compañerismo. Sensaciones y sentimientos fabulosos en el instante de compartir el momento de las comidas, entre risas y gente hablando. Tengo la impresión que aquellas personas crean un perfecto sabor en el ambiente, haciendo que el comedor se convierta en un lugar especial para los sabores de cada comida.

El menú es tallarines con salsa; básico, pero del agrado de muchos. Aún sin probar el almuerzo, observo cómo las personas que están ahí expresan satisfacción por lo que comen.

Un estudiante de Sociología me cuenta que se toma mucha cerveza, algo poco frecuente en las demás facultades de la UBA. En las horas libres, como dice la publicidad de Quilmes: el sabor del encuentro”, genera un momento de distracción y de relax.

La gente, el lugar, impregnado por diversos aromas, caracterizan a esa comunidad. Los pasillos, las paredes, los zócalos del edificio desprenden gustos especiales, como un ambiente en el que los sucesos transcurridos hubieran dado sabores diversos a las personas y al lugar.

Al ingresar a la Facultad de Ciencias Económicas, todo cambia. El ambiente tiene gusto a poco, por la razón de que siempre tuve una concepción distinta sobre la Universidad de Buenos Aires: un lugar especial, sencillo, familiar e igualador. Sorprendida por las disparidades entre las dos sedes, me intriga saber cómo es el bufet. Mucho más organizado, el menú varía por completo y es medianamente económico. Aquel lugar tiene un sabor distinto: le falta la pizca que hace a la UBA. Es un sabor extraño, irreconocible y, en cierta forma, incómodo. Solo genera el gusto de ir a estudiar y ocupar una silla en alguna de las aulas. Es todo perfecto, demasiado ordenado.

Poca gente; silencio; esta tranquilidad aburre, tiene gustito a nada, como un sitio totalmente vacío. Me asalta un sabor amargo, por las enormes diferencias con las demás facultades.

En el patio interno el aire juega a cambiar un poco: hay más personas y, de a poco, la sensación de un sabor vacío se va atenuando. Hay unas máquinas con bebidas para todos los gustos, desde agua común, saborizada, hasta gaseosas. En el buffet, pequeñas heladeras contienen yogurts y platos dulces que incitan a probarlos. Los menús demuestran un gusto más que especial, pues son variados, exquisitos y elaborados.

Estas dos facultades de la UBA se diferencian tanto como el gusto de un mate compartido con amigos y un insípido vaso de agua.

Tacto

Un ambiente intelectual, de cansancio, pero también de alegría es el que palpo frente a la puerta de cualquiera de estas dos facultades.

Llego a la sede de la Facultad de Ciencias Sociales atravesando la plaza Houssay por uno de los costados de la Facultad de Medicina. Esquivando la suciedad del ritual de la gente que se recibe, me encuentro sobre la nueva vereda -sin ninguna característica distinguida, pues es igual que todas las veredas que destruyen y arreglan- e ingreso pisando los baldosones que limitan el acceso al edificio. Siento en mis manos centros de estudiantes, propuestas de diferentes agrupaciones y la postulación para Director de Carrera. No sólo palpo todas las propuestas que me entregan, sino también las paredes, los techos, las escaleras y el piso. Las cintas pegajosas que sostienen los carteles se adhieren a mis manos que esquivan tantos carteles; las elecciones se hacen sentir en Sociales.

Un edificio viejo, pequeño y mal mantenido no desalienta a los alumnos que quieren llevar adelante su carrera. Un aire de política, y compromiso social se respira en sus añejos pasillos. Puede que algún ascensor permita que las diferentes manos agarren la manija de sus puertas de reja, o que los pies sean testigos de la goma con la que están recubiertos.

Las aulas reclaman cuidado, y los bancos, idénticos a los que hay en las iglesias, se dejan acariciar en su precaria vejez. Mojados, húmedos y fríos son sus baños, faltos de todo tipo de atención y equipamiento.

Me dirijo a la planta baja donde -en la esquina final del pasillo- consigo la grata frescura de una gaseosa que se mezcla con la tibieza de un sándwich.

Todo lo que toco, piso y rozo transmite la blandura con que es tomada en cuenta la Facultad; no porque los alumnos no reclamen y los profesores se encuentren cómodos en el edificio, sino porque aquellos encargados de darle la suavidad y la firmeza que corresponde, prefieren acariciar el frío del dinero en su bolsillo.

Al subir dos o tres de los roídos escalones de la entrada principal de Económicas, registro la superstición de algunos estudiantes que prefieren salir por cualquier puerta menos por la del medio, por miedo a no recibirse. Sí, una extraña cábala que muchos siguen, mientras que otros, liberados de la creencia, dejan que su cuerpo pase debajo del inmenso arco de la puerta. Debo confesar que muchos sostienen que el efecto de la superstición no solo alcanza a los estudiantes de Económicas, sino a cualquier otro que visite la Facultad. Pasar por la puerta del medio, caminando sobre esas baldosas antiguas, me hace sentir adrenalina porque puedo romper viejos y falsos tabúes que sólo aprisionan a quienes deciden seguirlos.

En la escalera central siento la presión de ser observada por todos los que pasan por el hall de entrada. Esto deja de ser relevante en el momento que mis pies rozan los escalones hundidos. Años, décadas, aplazos, graduaciones, llantos y alegrías pueblan mi mente mientras palpo algunas de todas esas sensaciones que pasaron por allí. Cuando llego a los escalones del nuevo edificio de Económicas, percibo algo diferente: las ínfulas de lo nuevo, lo reluciente, lo más moderno.

Patios, recovecos, y pasillos hacen que me pierda fácilmente. Pero no alejan de mis manos los sentimientos de paredes restauradas que cuentan al edificio nuevo su historia.

Ásperos, con quebraduras y relieves son algunos pizarrones verdes. Comparten números, estadísticas y palabras con las nuevas pizarras blancas y lisas, que sólo un marcador puede recorrer.

Los ascensores del edificio viejo tienen goma que permite sentirme adherida a su piso. En la nueva construcción, el frío espejo y la reiterativa voz que indica el piso a medida que viajo me hacen sentir un poco más segura. En época de elecciones, la campaña inunda el edificio con afiches y folletos de papel barato y rugoso. La percepción general es de orden, convicción y fervor por parte de las diferentes agrupaciones.

Me siento en los bancos incómodos de las aulas con un café caliente, comprado por unas pocas monedas. Después paso a las aulas nuevas, más pequeñas, equipadas con sillas cómodas y funcionales para la toma de apuntes. Finalmente, recalo en la sala de estudio-biblioteca del segundo piso.

Cuando llego al patio donde se encuentra la fuente de agua, mis pies sienten la humedad y el frío del piso mojado por un desborde. Me dirijo al baño viejo pero, con ánimos de encontrar papel y jabón, cambio de dirección y me voy a la parte nueva, donde encuentro con qué lavar y secar mis manos.

Salgo de la Facultad y pienso en el contraste que late entre Sociales y Económicas: en un mundo descanso, sin mayores sobresaltos, sobre un suave colchón; en el otro, me amoldo en un incómodo sillón pero siento el cosquilleo que genera disfrutar de lo esencial.

sábado, 15 de octubre de 2011

Enemigo público (Por Sebastian Patitucci)

Cuando Giménez abrió los ojos todavía era de noche y los gallos aún no se dignaban a cantar las cinco, sentado en la catrera buscó las botas con una mano y con la otra se aferró a la carabina. Al salir de la carpa la penumbra se hizo luz y las fogatas aún encendidas le marcaron el camino hacia su pelotón. El frío mañanero le acarició el pecho descubierto cuando se acomodaba el pantalón dentro de las botas mientras las gotas de rocío lograron despabilarlo.
Patiño ya estaba en su lugar, y peinado de arriba abajo le sonrió; él no era como Giménez, de familia con tradición militar y de clase pudiente en Santa Fé, entró al servicio por recomendación del viejo y se acomodó rápido. Giménez todavía se seguía preguntando si ése era su lugar; el hambre había podido más que los sesos y ahora por un plato de comida todos los días y una paga que no alcanzaba ni para ponerse en pedo, estaba parado en la intemperie chupando frío y embarrado hasta las orejas.
- Nos informaron que a Peralta lo vieron hace dos días en Añatuya, Mate Cocido se cree muy gaucho caminando por los pueblos, matando y robando. La ley les llega a todos y más a estos malandras que se las dan de justicieros del pueblo, acá nadie está por encima del Estado, ni ustedes ni yo. Les pido un último suspiro muchachos, que de ésta Cocido no zafa.
No hubo tiempo para el mate ni para las tortaparrila, ensillaron y salieron rajando de Santiago con rumbo al este. Giménez seguía cagado de frío pero ahora en su cabeza además del hambre lo invadían las dudas. Toda su niñez estuvo impregnada de historias sobre David Segundo Peralta alias Mate Cocido, que robaba para los pobres, le decían, que nunca mató a nadie en un atraco.
Patiño a la delantera de la cuadrilla miraba de reojo a su compañero y compadre, este Giménez, perdido en sus propios asuntos como siempre, pensó. Él, sin embargo, a la cabeza, dispuesto a lo que sea para impresionar a sus superiores y sobre todo a su viejo, “proteger la patria ante todo”, le había dicho el día que se fue de su casa.
A la tarde, cruzando un esteral, se encontraron con un pequeño poblado, “Añatuya”. Así señalaba la pintura en la madera vieja, y con la noche encima decidieron parar y dejar descansar los caballos. Mientras algunos armaban las tiendas Patiño le ordenó a Giménez que se lleve un par de hombres para hacer reconocimiento del lugar. No era un pueblo muy grande, una encrucijada de tierra marcaba el centro de la ciudad donde se encontraba la intendencia y la estación del tren sobre la esquina que daba para donde se mete el sol; enfrente una pulpería con una clientela reducida esperaba la hora para cerrar. Parados en el medio de la calle Giménez y sus compañeros vieron que desde una silla de madera apostada sobre el muro de la tienda un hombre les hacía señas.
Patiño no paraba de maldecir a los mosquitos, viuditas y cabichuíes. Mientras limpiaba el cañón de la carabina, pensaba en su hermano menor Justo, que se había ido a pelear a Europa con los Americanos, y él acá en la tierra de nadie persiguiendo al último bandolero vivo. También pensaba en su amigo Giménez, al parecer todas esas charlas sobre El Deber no habían surtido efecto, lo podía ver en su mirada, poniendo en duda todo y a todos. Giménez era pobre pero pensaba como los mejores educados y eso que no había terminado el quinto grado, “A usted no se le paga para pensar” era una de las frases más escuchadas de sus superiores, jamás se metió en nada sin pensarlo bien, él era un hombre de libros en una guerra de otros.
¿Qué es lo que desean caballeros? Le espetó la voz de la silla, Giménez no vaciló - Estamos buscando a Peralta, Mate Cocido - ¿Se puede saber quién lo pregunta? El hombre de la silla se levantó y le extendió la mano - Carlos Miguens Intendente de Añatuya, disculpe la ligereza pero no vemos últimamente a los milicos por estos pagos desde Don Yrigoyen, y de ese por el que pregunta… ¡a esa iguana no le he visto el ojo! Pero siéntanse libres de preguntar. Giménez observó al hombre mientras recuperaba la posición en la que lo habían encontrado en la silla, se dió vuelta y volvió para la campaña.
Ya habían perdido la noción del tiempo por esos días, las moscas los habían adoptado y las iguanas panzeaban sobre las tiendas para chupar el sol del medio día, la última noticia desde Santiago les avisaba que habían encontrado la bombacha de Mate Cosido ensangrentada y que su huella se perdía en el pueblo.
La búsqueda en el poblado se estancó, los interrogatorios y las requisas no daban resultados, la gente se había comenzado a impacientar con su prolongada estadía y les hacían ver que ya no eran bienvenidos, para peor de males al bandido le prendían velas y le dedicaban un salmo de sus rezos. Giménez pensaba que si Mate Cosido seguía vivo ya se hubiera fugado al Paraguay gracias a los incontables fieles que seguían aumentando con la difusión de la noticia.
Con las vísperas de la fiesta de San Juan los milicos empezaron a levantar campaña y preparar la partida por órdenes de arriba; tres buenos hombres habían dejado atrás en la búsqueda, dos habían desertado para volverse con sus familias a donde sabe quién y uno estiró la pata después de sufrir la picadura de una víbora. Giménez y Patiño habían terminado pronto y decidieron dar una última vuelta por el pueblo, pararon en el almacén y se aprovisionaron con dos botellas de caña para no secarse en la calurosa siesta. Estaba cayendo el sol cuando los amigos se detuvieron en el medio del monte a ver la luz perderse detrás de la mata de los arboles; Patiño se dió vuelta y le paso su botella a Giménez para poder ir a mear – Esto es una mierda – replicó mientras se bajaba los lienzos – nos mandan a un pueblo desierto a buscar a un personaje que se las da de Robin Hood y el muy pillo no aparece, no sabemos si está muerto o vivo, nada. Al no escuchar respuesta de su compadre, Patiño estiró el ojo y no vio nada, apuró el asunto y se calzó los pantalones, recorrió rápido con la vista el paisaje y Giménez seguía sin aparecer. Empezó a correr en ninguna dirección hasta que una raíz maldita le paró el tranco y lo tiró al suelo.
Cuando pudo rehacerse vió una silueta no tan lejos de su lugar y volvió a correr, el rifle le golpeaba la espalda, no sabía si era el pedo que tenia encima o la adrenalina lo que le provocaban un ligero mareo, cuando llegó a la escena el mareo se hizo dueño de su cuerpo y tiró al diablo la comida del medio día, en eso escuchó una voz que le preguntaba ¿Estás bien? A lo que respondió con la cabeza y trató rápido de ponerse en pie. Cuando se levantó la pintura era otra, además de Giménez un extraño hacia su aparición en la escena, lo habían agarrado preparándose la cena, una fogata con dos liebres a la estaca y un caballo pastando no tan lejos era lo único que había.
Giménez no se movía, tenía empuñado el Winchester en dirección a un extraño.
Vestido como un peón cualquiera y con un pañuelo sobre el hocico miraba atento a los amigos mientras les gritaba – tiren las armas y rajen para el pueblo que acá mismo les hago estirar la jeta- tambaleándose sobre sus piernas Patiño logró ver el arma del enemigo, era una Thompson, la misma que portaba el forajido según la policía. Cerró los ojos por un instante y su carabina sonó dos veces; cuando los abrió de nuevo pudo ver como su amigo en el suelo lo miraba con cara de asustado. Volvieron a tronar más disparos, Patiño sintió un calor sobre sus piernas, la sangre caliente broto de sus pantalones. Fue lo último que vio antes de desplomarse como caballo cansado sobre la tierra y quedar ahi.