viernes, 2 de septiembre de 2011

De las puertas, para adentro (por Joy Saint Denis y Lucila Chiesa)

Todos los días, en la Facultad de Ciencias Sociales las clases son interrumpidas por diferentes motivos por otros estudiantes, estudiantes militantes de incompatibles partidos políticos. Algo tienen para decirnos, a nosotros alumnos, y es ese el momento en el que nos encuentran listos para prestarles atención, en medio de una clase, todos juntos y apaciguados. Ahora bien, que esos mensajes logren llegar a sus receptores, no sólo es cuestión de atención. Ante el estorbo, los autores del mismo piden permiso, tanto a los alumnos, como principalmente a la autoridad a cargo en ese momento, el o la profesor/a. Pedir permiso es una acción en búsqueda de aprobación, momento preciso donde cualquier persona que no estuviese de acuerdo está invitado a expresarse.

He aquí el tema principal a analizar: ¿Estamos de acuerdo con que las agrupaciones políticas utilicen de esa forma los espacios donde se dictan las clases? En principio, no podemos decir que “nadie nos preguntó”. Tal como lo expresamos antes nuestra aceptación ya está asumida desde el momento en que nadie expresa lo contrario. Por qué utilizan ese espacio y no otro, es un tanto obvio: la muchedumbre cuando se dispersa, no es muchedumbre; por lo tanto, la atención de un individuo solitario no será captada de igual manera.

Hay profesores que responden ante estas interrupciones negando el ingreso a la clase y por lo tanto, negando la correcta recepción del mensaje que intentaba ser emitido. Situaciones que se fundamentan por la pérdida de tiempo que implicarían. A la vez, hay profesores que llegan tarde, que se ausentan sin aviso ni justificación, que terminan las clases antes de tiempo si así les parece; he aquí decisiones que no nos corresponden. Volviendo a la situación que sí nos compete; ¿podríamos estar hablando de “censura” en casos como estos? Otra vez, algo tienen para decirnos, pero es totalmente entendible que a veces no se les ceda el espacio, porque sus comunicados están mayormente impregnados de una ideología, un pensamiento particular, convicciones inherentes respecto al mensaje en sí. Atrás de toda interrupción de clase, uno siempre escucha esa lucha de fondo, lucha por el poder que se disfraza en invitaciones a “charlas y debates" entre otras, sin objetivos más claros fuera de aquella ambición.

En “Sociales” no podemos pretender que esas cosas no pasen, pero tampoco tenemos por qué sumarnos a esa lucha interna, cuando en realidad somos muchos, y juntos es más posible que uno a uno. Entonces: no negar la palabra ni el oído, pero sí dejar puertas afuera esa carrera por el poder, y darle una bienvenida a lo que realmente se puede lograr. Todos los partidos, y todos los alumnos al fin y al cabo buscan lo mismo; una buena educación tal cual nos es prometida bajo las paredes de la Universidad de Buenos Aires.

8 ½ (por Menéndez, Rocío Daniela)

Alguien dijo una vez, que en quien escribe convive un loco que “larga todo”, un arquitecto que organiza, planifica y estructura, un carpintero que talla, y un juez que da pautas, nos prohíbe, nos detiene, y nos anula. En el escritor de oficio trabajan los cuatro a la vez; en quien recién empieza es mejor separarlos, porque si el juez interviene desde el principio trabaría la escritura.

Berger, como escritor de oficio, tiene la capacidad de dialogar con nosotros. Nos permite identificarnos con determinadas situaciones o personajes de la historia, y, en efecto, trae a nuestra mente curiosos recuerdos. Nos sugiere, nos inspira, nos maravilla. En mi caso particular, siempre he interpretado, en “Aquí nos vemos”, un mensaje de incentivo. Ese incentivo es a escribir.

Debo admitirlo, aún soy una loca que estudia arquitectura y sigue un taller de carpintería, pero me abstengo de ser juez hasta el final. Simplemente espero la corrección que me enseñará a juzgar y a perfeccionarme, y, por lo tanto, como el autor lo expresa en el capítulo 8 ½ “Hoy corro el riesgo de escribir tonterías”…

“Escribe lo que descubras.

Nunca sabré lo que he descubierto.

No, nunca lo sabrás. Lo único que tienes que saber es si mientes o si tratas de decir la verdad, ya no te puedes permitir equivocarte en esta distinción…”